Desobediencia tecnológica

By in Reviews on 23 noviembre, 2018

Frente a la normalización industrial, la obsolescencia programada de la tecnología o la ocultación deliberada de sus principios técnicos, se levanta -una vez tras otra- la creatividad popular.

Reutilización en Cuba 2009

Reutilización en La Habana, 2009


Contra esa maquinaria que unicamente obedece al mandato de acumulación capitalista, desde los países y los barrios más pobres se alzan el deseo y el sentido común.

 

De la necesidad a la herejía creativa

El concepto de desobediencia tecnológica surge en 2004 cuando el artista Ernesto Oroza, investigando sobre los flujos domésticos en Cuba, repara en la faceta insurreccional de este tipo de producción y comienza a contemplar al «necesitado» como un verdadero hereje creativo. Oroza interpreta el proceso de desobediencia tecnológica como una reacción a las lógicas autoritarias inherentes al objeto industrial, tales como la obsolescencia programada o la ocultación deliberada de sus principios técnicos. Una rebeldía emparentada, a nuestro juicio, con la misión de los movimientos por el Software y el Hardware Libre.

El trabajo de Oroza puso el foco en los procesos de reparación y acumulación, gestos que en principio no parecen radicales pero que tienen la capacidad de cuestionar la cultura industrial desde lo artesanal e impactar los ciclos de vida posponiendo el consumo. Pero Oroza no elude tampoco la intención revolucionaria inicial de reaccionar a los modos de vida que esos objetos contienen y proyectan. Conviene recordar que la creatividad popular y el reciclaje al margen del ciclo industrial han sido vilipendiados en todos los paises por su potencial disruptivo.

 

La estandarización o el deseo

La revolución cubana estimuló una serie de prácticas de creatividad popular para afrontar las circunstancias de su desconexión colonial que más adelante resultarían ser un recurso principal de los individuos para sobrellevar el bloqueo económico -sobre todo en los 90, tras el colapso del sistema bolchevique- y la propia ineficiencia industrial del régimen cubano. Ya en 1961 el “Che” Guevara, a la sazón Ministro de Industrias de la República de Cuba, lanzó la consigna “obrero construye tu maquinaria”, tan sólo unos días antes de solicitar la inscripción de Cuba en la Organización Internacional para la Estandarización (ISO), incurriendo de este modo en una flagrante contradicción.

No obstante, la estandarización industrial brindaría al pueblo de Cuba el inesperado regalo de un conocimiento y un repertorio técnico común que impulsaría la producción alternativa. Un buen ejemplo de ello es el aprovechamiento popular del segundo motor de la Aurika, una lavadora y secadora soviética, para la creación de ventiladores, pulidoras, podadoras, ralladores, cortadoras, copiadoras de llaves, herramientas para reparar calzado… Un hito del conocimiento abierto y compartido por el pueblo al servicio de sus necesidades y deseos.

 

Un mundo en la basura

Aunque paradigmático, el caso de Cuba no es muy diferente del aprovechamiento hecho por todo el mundo de los materiales y la tecnología para nuevas creaciones y usos sostenibles. Existen múltiples ejemplos de cómo la escasez y la necesidad abren las puertas a la reutilización y el consumo responsable en el ámbito de la cultura material. De hecho, siempre fue así hasta hace unas décadas.

Serían dignas de analizar también bajo esta óptica muchas de las prácticas que en nuestro entorno reciben el calificativo de «chapuza». Estas nos muestran un repertorio de soluciones muy normalizadas, como los somieres que cierran las fincas, las bañeras en los prados como bebedero para el ganado… Nos guste o no, el horreo al que han colocado una puerta de ascensor es una intervención hacker que no puede competir en nocividad y feismo con las macro-urbanizaciones, los centros comerciales, las infraestructuras industriales, los parques eólicos o los paseos marítimos de factura neocolonial.

Pero es que esta además es una reflexión ineludible a nivel global desde que el desarrollismo, el productivismo y la economía de consumo han precipitado el colapso ambiental del planeta. África muestra al mundo infinidad de maneras de alimentarse de sus propias heridas, como en el caso del desastre provocado allí por la basura tecnológica procedente de la metrópoli. China ha industrializado el proceso de reciclaje y -desde el año pasado- ya no admite más basura de la que produce para «consumo interno». Ahora es Tailandia el vertedero TIC de los países donde usamos guantes o bolsitas de plástico para recoger mierdas de perro.

Ahora que el fablab y el movimiento maker parecen retoñar en el corazón de la sociedad de consumo, conviene recordar que son las necesidades reales quienes han impulsado la inventiva y el decoro de la humanidad durante miles de años para realizar todos y cada uno de sus progresos técnicos sostenibles. Antes del antropoceno tuvo lugar la inmensa mayoría de esos progresos y aquellos seres humanos no eran tan pobres como a menudo los pintamos. Digamos que no eran tan absurdamente ricos pero podían permitirse brindar un futuro a las nuevas generaciones.

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